Una poética esculpida en el tiempo

Por Raúl Andrés Cuello

En su libro Sculpting in time. Reflections on the cinema, Andréi Tarkovski (Zavrazhie, 1932 – París, 1986), resume en una frase su programa fílmico, aquél que le otorgará una identidad que permite distinguir su obra del resto; a saber, el imaginario que enarboló alrededor de la idea de tiempo: «El tiempo, impreso en sus formas y manifestaciones fácticas, constituye la idea suprema del cine como arte» (63); este ha sido –al parecer– el vaso conductor por donde ha decidido moverse el ensayista y profesor de filosofía Pablo Capanna (Florencia, 1939) para escribir el que tal vez sea el mejor ensayo sobre la vida y la obra del director de La infancia de Iván y Stalker entre otros films. De por qué creemos que este libro es una oportunidad inmejorable para ahondar en la vida y obra del director ruso lo veremos a continuación.

El libro de Capanna parece respetar la lentitud con la que se mueven los films de Tarkovski a la hora de abordarlos, desgranando los conceptos y temáticas de éstos de manera sobria, dejando de lado cualquier indicio programático ni induciendo al lector a un juicio subjetivo. En resumidas cuentas, Capanna interviene sólo lo suficiente; lo hace ‘como quien esculpe en la roca’. A través de una bibliografía coherente y un conocimiento detallado en materia de arte pictórico renacentista, el ensayista busca –y en gran parte del libro lo logra–descascarar la coraza semántica del director de Solaris para entregarlo en su faceta más distinguida: la de un artista atado a sus dones.

Se describe en el libro a un hombre que se encargaba de cada detalle, por más mínimo que fuese, con tal de recrear aquello que tuviese en mente, ocupándose personalmente del vestuario y el mobiliario de sus películas. Acostumbraba no entregar el guion completo a sus actores para lograr una cuota más alta de espontaneidad; su exigencia personal era tan alta, que sabía que se enfrentaba a la muerte: «El cine, para mí, no es una profesión. Es una ética que debo respetar si quiero respetarme a mí mismo. Ser director de cine es una profesión suicida».

Cuando Capanna remarca que «lo que distingue al arte durable del entretenimiento descartable es una rara síntesis de lo personal, lo histórico y lo eterno» nos está resumiendo claramente de qué materia está hecho el cine de Tarkovski; obra nutrida de partes de su biografía personal: influencias que a primera vista parecían ser incluso contradictorias como las letras de Dostoievski, los recuerdos de la niñez en su dacha rusa, los poemas de su padre (Arseni Tarkovski), la filosofía de Berdiáyev, el jazz, la iconografía religiosa y los films de Renoir y Orson Welles. Con estos antecedentes Tarkovski consigue imponer–de una manera algo más que curiosa– una filmografía de aspiraciones poéticas y poco comercial, metafísica y tradicionalista, que ignora totalmente el marco imperante de ‘realismo socialista’ y de ideología marxista característico de su país.

Como se remarcó al principio, lo que hace que los films del ruso se distingan del resto –además de aquello tan cierto y característico y que rescata Alan Pauls de la experiencia de ‘quedarse dormido en un film de Tarkovski’– es el manejo del tiempo. Para él, el film resulta algo así como un fragmento de tiempo «esculpido», «tallado» o «sellado». Capanna remarca que en la estética de Tarkovski «el tiempo no es la mera secuencia de los hechos; ni siquiera se agota en el movimiento histórico. El tiempo es la dimensión espiritual de la existencia, al que Tarkovski define poéticamente como la llama en que vive la salamandra del alma humana». Lo que permite iluminar la idea del director de un tiempo ‘sellado’ es la referencia a la noción escolástica de materia signata de Santo Tomás de Aquino, cuyo término sirvió para designar aquella determinación única que confiere individualidad a una cosa, ser viviente o persona: «la llamó materia signata o materia sensibilis individualis» y que oportunamente es traída a colación por Capanna.

Para dar una idea del sentido puesto en el tiempo por Tarkovski, Capanna nos recuerda que «el montaje procede como el carpintero, quien corta la madera en tablas y fabrica muebles con ellas. Tarkovski, en cambio, parece que se propusiera imitar al tallista, quien respeta las vetas y luego es capaz de ensamblarlas con otro nivel de sentido».

Al estar constituido en capas que revisitan los períodos de formación, de madurez y de exilio, el libro permite volver elípticamente sobre conceptos y símbolos del autor dentro de su itinerario espiritual: el sentido de los árboles, el agua, el fuego, el perro y el caballo como materia iconográfica recurrente; como así también la dialéctica de las diadas y tríadas de los personajes de sus films: Teófanes y Andréi; Domenico y Andréi; Kelvin, Sartorius y Snaut; el Escritor, el Profesor y el Stalker, entre otros. En suma, el trabajo resultante es una mirada completa y transversal a través del ideario de un poeta de las imágenes que, por momentos y «dejándose guiar», creó una de las obras más interesantes y complejas de la historia del cine y de las que se encarga de interpretar con valentía, asombro y humildad Pablo Capanna en este –es menester decirlo– libro total.

 

Pablo Capanna

Andréi Tarkovski: El ícono y la pantalla

Género: Ensayo

Mar del Plata: Letra Svdaca, 2016

Páginas: 320

 

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